¿Cómo debe ser el profesional del trabajo social sanitario? ¿Debe anticiparse a las situaciones de dificultad? ¿Es ésta una actitud paternalista y, por tanto, debe ser reactivo? Éstas y otras cuestiones son a las que esta entrada pretende dar respuesta.

El Dr. Viktor Frankl (1905-1997), psiquiatra y neurólogo vienés, acuñó el concepto de proactividad. Frankl fue prisionero del régimen nazi y estuvo en varios campos de concentración, junto con toda su familia y amigos. Cuando fue liberado estuvo buscando a sus seres queridos, pero sólo él había sobrevivido. A su regreso a Viena fue nombrado Jefe del Departamento de Neurología de la Policlínica de Viena, trabajo que desarrolló durante 25 años. También fue profesor de neurología y de psiquiatría de la Universidad de Viena.

En uno de sus libros autobiográficos Frankl explicó que pudo subsistir en los campos de concentración gracias a que logró dotar de un logos (sentido) a su existencia. Y definió la proactividad como “la libertad de escoger nuestra actitud frente a las diferentes situaciones que debemos enfrentar en nuestra vida”.

Posteriormente, uno de los autores que ha desarrollado el concepto de proactividad es Stephen R. Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. El primer hábito es la proactividad.

Pero existe una acepción enfocada a la dirección de empresas, orientada hacia los resultados, con una connotación de anticipación e iniciativa como mecanismo básico impulsor de la creación de oportunidades y resolución de problemas.

Ambas acepciones expuestas hasta aquí (la libertad de escoger la actitud frente a determinada situación y la de anticipación) son las que responden a las preguntas con las que iniciaba la entrada.

La anticipación es lo que permite a una trabajadora social sanitaria enfocar sus servicios hacia la prevención. Veamos un ejemplo de la atención primaria. Las personas que viven solas y de edad avanzada son un colectivo de riesgo. Por tanto, si están clasificadas de alguna forma (por ejemplo, con el código z60.2 de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE 10) podemos localizarlas y hacer una visita de pre-diagnóstico social. Dependiendo del resultado de la misma estableceremos un tratamiento determinado. Si conseguimos obtener por sistemas de información, listados con aquellos pacientes que no hemos visitado en determinado tiempo, obtendremos un indicador proactivo.

Lo mismo con personas con enfermedades neurodegenerativas, con dependencia, crónicos complejos, menores con discapacidad, etc. Y los indicadores pueden ser activados por un diagnóstico (un médico al diagnosticar una enfermedad de Alzheimer -código G30 del CIE 10-, o bien un autismo infantil -código F84.0) o por una variable que sale con determinado resultado (por ejemplo, un test de Barthel -mide la autonomía para las actividades de la vida diaria-, o test de Pfeiffer -cribado de deterioro cognitivo), que salen alterados.

Veamos ahora un ejemplo de indicador proactivo de trabajo social sanitario en el hospital: pacientes atendidos en la unidad del dolor, con dolor no controlado a los 3 meses de tratamiento, en los que la trabajadora social sanitaria del hospital realiza una visita de estudio que le permita hacer un pre-diagnóstico social y evaluar el malestar psicosocial y la disfunción social que está provocando el dolor crónico en ese paciente.

Indicadores proactivos serán, entonces, aquellos que nos permitan una intervención que anticipe una situación de riesgo. En este caso serán indicadores preventivos. Estos indicadores nos permitirán que empecemos a tratar situaciones que, por la ciencia y la experiencia, sabemos que evolucionarán de determinada forma (claudicación del cuidador, pérdida de autonomía, depresión, etc.).

Es muy importante que dichos indicadores formen parte de un proceso transversal del equipo: atención al paciente dependiente, atención al paciente crónico complejo, etc., porque por nuestras competencias como trabajadoras sociales sanitarias así debe ser.

Estos indicadores también pueden servir para detectar situaciones no controladas en las que seremos reactivos sin demanda. Imaginemos que se atiende a un paciente que viene de otra localidad y nos aparece en el listado. Proactivamente llamaremos al mismo para conocerlo y puede ser que ya tenga en marcha un plan de trabajo, al que nos acoplaremos como profesionales de la atención primaria.

Un ejemplo de reactividad sin demanda en el hospital puede ser el programa de planificación al alta para pacientes con alguna patología determinada. O bien, la visita de la trabajadora social sanitaria a familiares de pacientes ingresados en unidad de cuidados intensivos por politraumatismo. El profesional hará la contención de la situación emocional y dará el soporte necesario durante la estancia hospitalaria, estableciendo plan de intervención a corto plazo.

Ahora bien, hay profesionales a los que no les gusta ser proactivos por la invasión de la intimidad que ello supone (se ha consultado la historia clínica, supone una llamada a un familiar que ha dejado su teléfono, etc.). Es aquí dónde entra en juego la otra acepción del término proactividad. El paciente o su familia tiene la libertad de escoger si quiere o no ser atendido. Ambos, profesional y paciente-familia, en este caso seremos proactivos.

Para el resto de pacientes atendidos, los que vienen a nuestra puerta con cita previa o no, seremos reactivos.

Una duda me queda por resolver: ¿la actitud proactiva es paternalista? Para mí la respuesta es clara: ¡No! Porque respetamos el principio de autonomía del paciente y permitimos que no quiera ser atendido. La realidad, es que muchos pacientes se quedan sorprendidos gratamente por la anticipación.

 

Más información en:
- Olmos, María D., et al. "Recomendaciones para la buena praxis en el estándar de calidad asistencial (EQA) del trabajo social en la atención primaria." Trabajo social y salud 82 (2015): 327-348.
- Colom Masfret, Dolors. El trabajo social sanitario: Los procedimientos, los protocolos y los procesos. 2011.